El Alfil Negro
LOS HOMBRES DE LAS ESQUINAS
Por Ramón Ortiz Aguirre
«Perdendi finem nemo nisi egestas facit»
(Sólo el que nada tiene, no puede perder nada)
Publilio Syro
Se han extendido como una enredadera que va cubriendo cada una de las calles de la ciudad; que sin necesidad de riego crece y crece, inundando absolutamente todo. En ella, muchos han sido atrapados y muchos más lo serán. Algunos vienen de hogares desintegrados; otros se han fugado de sus casas por el maltrato al que eran sujetos día a día. Otros han nacido en las mismas calles y nunca han tenido ni tendrán un techo. Muchos han nacido, crecido y se reproducen en un crucero.
Para algunos no hay más mundo que el del cruce de calles en el que se encuentran de manera permanente. Los hay de todos tipos, tamaños y colores, con y sin defectos físicos. Podríamos decir que brotan de la tierra como las hierbas que crecen apenas empiezan a caer las primeras gotas de lluvia.
No es un problema privativo de nuestra ciudad, ni de nuestro estado, y mucho menos del país. Es un problema de orden mundial que se recrudece en los países subdesarrollados. Son los hijos de la calle, dueños de todo y, a la vez, dueños de nada. Y si decimos que son dueños de todo, no nos referimos al todo que cualquiera de nosotros puede pensar o imaginarse, sino al todo que los tiene aferrados a la miseria: son dueños de todos los riesgos, de todos los males, de todos los vicios, de toda la indiferencia; de todo lo que se les pueda cargar y que van a venir arrastrando día con día, hasta que acabe su vida.
La mayoría son niños, pero vemos también a jóvenes, hombres maduros, mujeres embarazadas o cargando al niño recién nacido, y viejos que van de crucero en crucero vendiendo un poco de su miseria. Estoy seguro de que a varios de ellos los hemos visto crecer en alguna esquina de nuestro barrio.
Los hombres de las esquinas saben hacer de todo y, a la vez, no saben nada. Su currículo es amplio y tiende a diversificarse cada día que pasa. En un principio solo extendían la mano para ver si alguien llegaba a depositar unas cuantas monedas. Pero, en la medida que la competencia se intensificó, tuvieron que volverse emprendedores y diversificaron sus labores. Así fue como empezaron a limpiar y lavar los parabrisas, sin importarles en lo más mínimo que abollasen el cofre de los automóviles o rayaran la pintura en su afán por ganarse una compensación.
Luego vino la venta de chicles y pastillas de dulce. Más tarde, consiguieron unos mechones de estopa para "lavar" o limpiar autos en lo que dura la luz de un semáforo. Otros se volvieron voceadores, vendedores de mapas y planos urbanos, protectores contra el sol, fayuca, droga, flores, condones; en fin, todo lo que se pueda vender entre el amarillo y el rojo de cada luz de tráfico. Hasta que llegaron los circos de esquina con maromeros, tragafuegos o lanzallamas (como mejor le apetezca llamarlos), payasos, saltimbanquis, lanzapiedras y pelotas. Solo falta que a alguno o alguna le dé por organizar un table dance para que los conductores interrumpan el tráfico y dejen generosas propinas.
Las calles y, por supuesto, las esquinas tienen dueño. En muchos de los casos, esos dueños que nadie conoce, o que algunas autoridades dicen no conocer, explotan amplia y hábilmente su propiedad. Se dice que algunos de estos vendedores y artistas callejeros pagan cuotas por el "uso de piso", y no precisamente al Ayuntamiento. El pago es para quienes los explotan y los han enviciado, pues de nadie es desconocido que entre los niños y hombres de cualquier esquina hay drogadicción y promiscuidad, y que las pocas o muchas ganancias que obtienen las gastan en alcohol y drogas.
Algunos de los niños callejeros son explotados por sus propios padres o familiares, quienes los envían a las esquinas a vender, pedir o hacer números circenses para ellos no trabajar. Así se llenan de hijos: para extender cada vez más su área de influencia y trabajar menos.
Observe usted una esquina cualquiera de la ciudad y verá también el efecto que en el medio ambiente y en los bienes urbanos van causando. Son como el caballo de Atila: por donde pisan, ni la hierba vuelve a crecer. Acaban con el pasto y los árboles de los camellones, dejan basura y heces fecales, destruyen las señales de tránsito, descomponen los semáforos y dejan pedacería de vidrio o envases de plástico de los refrescos que consumen. Su marca queda en cada esquina, camellón y parque de la ciudad.
No sé si usted habrá observado que, de pronto, aparecen en la ciudad grupos de mujeres indígenas con niños a cuestas que se posesionan de alguna esquina o de un parque para pedir limosna; luego desaparecen para reaparecer algunas semanas después. Entonces nos preguntamos cómo es posible que alguien las lleve y traiga, las explote ante los ojos de todos, y las autoridades no puedan decirnos qué es lo que pasa, quién las explota, ni de dónde vienen.
Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Ajedrez Político SLP.
RAMÓN ORTIZ AGUIRRE
Originario del Centro Histórico de San Luis Potosí, Profesor Investigador de la Facultad de Ingeniería de la UASLP y Jefe de la División de Difusión Cultural de la misma institución, actualmente jubilado. Especialista en agua y medio ambiente.