La Jugada del Filo-Chairo

Persona y dignidad: “el espejo roto de la política”

Por Hernán Rivera López

Cuando un político dice “el pueblo exige”, suele tener el gesto tenso y la mirada puesta en la encuesta del día siguiente. Pero cuando el pueblo realmente demanda: agua potable, seguridad, salarios dignos, justicia frente al despojo, la respuesta oficial oscila entre la simulación técnica y el retiro estratégico hacia el “marco legal”. En medio de ese vacío, emerge una pregunta incómoda: ¿qué es primero, la persona o el sistema? ¿La dignidad humana o la gobernabilidad?

La filosofía lleva siglos dándole vueltas a esa piedra. Desde Aristóteles, sabemos que la persona es un fin en sí misma, no un medio para engrosar estadísticas o legitimar proyectos reeleccionistas. Kant lo clavó como un clavo en la mesa de los poderosos: “Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin y nunca solamente como un medio”. Esta es la base moral de cualquier orden político que se pretenda justo.

Pero basta asomarse a la declaración de cualquier funcionario ante un paro, una marcha o un pliego petitorio para ver cómo esa base se disuelve. Las demandas populares son recibidas como “presiones”, “intereses particulares” o “chantajes”. El discurso político convierte al ciudadano en una molestia administrativa. ¿Dónde quedó la persona? Reemplazada por el expediente, el voto cautivo o la cuota de poder.

Desde un ángulo político, la dignidad de la persona no es una concesión graciosa del Estado, sino el fundamento mismo del contrato social. Rousseau advirtió que quien obedece leyes que no ha expresado colectivamente pierde algo más que libertad: pierde su condición de persona política. Sin embargo, los políticos actuales han elevado a virtud la opacidad: simplifican las demandas ciudadanas como “ruido” y las canalizan hacia comisiones que no sesionan, ventanillas que no resuelven y discursos que no duelen.
El problema de fondo es filosófico antes que técnico. Si un gobernante cree que la persona es un átomo aislado, un consumidor de servicios públicos o un contribuyente renuente, entonces cualquier demanda será vista como un costo. Pero si parte de que la dignidad humana implica autonomía, participación y voz, entonces la política debe construirse desde abajo, con mecanismos efectivos de deliberación y rendición de cuentas.

Hoy, los políticos mexicanos y no sólo mexicanos, es un mal global han optado por una pose cínica: dicen defender al “pueblo” en mítines y luego lo ningunean en los hechos. El pueblo es abstracto, idealizado, útil para la foto, pero insoportable cuando concreta sus demandas. Esa contradicción revela la verdadera ausencia: la de una concepción ética de la persona. Porque tratar a alguien con dignidad es escucharlo sin traducir automáticamente su necesidad a un expediente o a un cálculo electoral.

Lo que hoy llamamos “crisis de representación” no es falla técnica, sino fracaso ético. La política se ha vuelto sorda porque dejó de preguntarse qué significa ser persona. Ser persona es tener un nombre, una historia, un proyecto de vida. Ser persona es poder disentir sin ser perseguido, exigir sin ser humillado, proponer sin ser cooptado. La dignidad es el núcleo duro de esa condición: no se negocia, no se suspende en estados de excepción, no se pospone para “mejores tiempos”.

Cuando los políticos responden a las demandas del pueblo con más policía que diálogo, con más decretos que mesas de trabajo, con más spots que acciones, están negando la dignidad que deberían garantizar. Esa negación no es sólo inmoral: es políticamente suicida. Porque la historia ha demostrado que pueblos enteros pueden soportar hambre o represión, pero no la humillación sistemática de su condición de personas.

Al final, lo que el ciudadano común demanda no es la luna. Pide que su hijo tenga escuela y su madre medicinas. Pide no ser tratado como un número cuando pierde su empleo. Pide que su voz importe antes del fraude o la simulación. Esa es la dignidad hecha demanda. Y la única respuesta política a la altura es aquella que parte de reconocer que sin personas concretas, sin sus cuerpos, sus luchas y sus nombres, no hay política que valga.

Por eso, cuando un político minimiza una exigencia ciudadana, no está cometiendo un error de cálculo: está traicionando el único fundamento que legitima su poder. O la política se vuelve a la persona, o la persona se cansará de la política. Y el cansancio del pueblo, cuando la dignidad es pisoteada, no acaba en encuestas: acaba en la calle. Esa es la lección que los gobernantes parecen empeñados en aprender sólo cuando ya es tarde.

¿Y tú, qué opinas? ¿Crees que los políticos mexicanos actuales nos están dando una respetando nuestra dignidad? O ¿están regresando a las antiguas prácticas de donde AMLO nos sacó? Al final es tu opinión lo que cuenta ¿no crees? 

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Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Ajedrez Político SLP.

HERNÁN RIVERA LÓPEZ

herfer.hrl2010@gmail.com

Es Ing Químico  egresado de la BUAP, Comenzó como Ing de Calidad y Validación trabajando para Pfizer - Capsugel en el edo de Puebla para luego después inmigrar a Canadá, donde trabaja como especialista en alimentación desde hace ya 20 años. Actualmente estudia en la UPAEP la carrera de Filosofía.

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