La Jugada del Filo-Chairo
EL PATRÓN DEL FÉNIX: WTC en NY vs U.S. Bank Tower en Los Ángeles
Por Hernán Rivera López
Hay momentos en la historia que se sienten como grietas en la realidad. Momentos en los que el azar se vuelve demasiado ordenado, las coincidencias demasiado pesadas, y uno empieza a preguntarse si detrás del caos no hay una mano invisible, fría, calculadora tejiendo el destino con hilos de acero y petróleo.
El 24 de julio de 2001, un promotor inmobiliario de Nueva York llamado Larry Silverstein estampó su firma en un contrato de arrendamiento por 99 años sobre el World Trade Center. Pagó 3.200 millones de dólares. Siete semanas después, las torres gemelas yacían en el suelo. Y Silverstein, gracias a una póliza de seguro que había contratado casi en la misma ceremonia de la compra—y que, curiosamente, cubría ataques terroristas—, terminó embolsándose más de 4.500 millones de dólares. El negocio, en términos puramente contables, fue un éxito colosal.
Ahora, en marzo de 2026, Silverstein ha vuelto a comprar un rascacielos emblemático en una ciudad de Estados Unidos: la U.S. Bank Tower en Los Ángeles, el segundo edificio más alto de California. La operación se cerró en medio de un silencio administrativo casi quirúrgico. Y en el horizonte, como una tormenta que aún no ha tocado tierra, el péndulo geopolítico vuelve a señalar hacia Irán.
No es la primera vez que un patrón se insinúa. Tampoco será la primera vez que lo ignoremos.
El arquitecto de las coincidencias
Larry Silverstein no es un hombre que deba explicaciones a nadie. Es un empresario astuto, de esos que han entendido que en Estados Unidos el verdadero poder no está en la política, sino en la capacidad de estar en el lugar correcto cuando el mundo está a punto de romperse. Pero cuando uno observa su trayectoria, no puede evitar notar una cualidad casi alquímica: su riqueza parece multiplicarse exactamente cuando el país se prepara para una guerra.
En 2001, Silverstein adquirió el World Trade Center en un momento en que las relaciones de Estados Unidos con el mundo árabe estaban en un punto de ebullición latente. La administración Bush traía consigo a un grupo de halcones que llevaban años soñando con reconfigurar Oriente Medio. Y entonces, como un trueno en un cielo despejado, ocurrió el 11 de septiembre. El país entró en guerra contra Afganistán primero, luego contra Irak. El petróleo, como siempre, fue el río subterráneo que movió todo.
Ahora, Silverstein vuelve a comprar un rascacielos. Y las tensiones con Irán están otra vez en su punto más álgido. El Pentágono ha desplegado activos en la región. El gobierno israelí ha intensificado sus advertencias sobre el programa nuclear iraní. Y en las últimas semanas, el FBI ha emitido alertas sobre posibles ataques con drones en la Costa Oeste.
¿Es una coincidencia? ¿O estamos viendo la repetición de un guión que ya conocemos, pero que hemos decidido olvidar porque la verdad sería demasiado incómoda?
La voz del pasado que resuena en el presente
Hay una grabación, de hace más de cuatro décadas, que circula como un eco inquietante entre los analistas de inteligencia. En ella, un joven Donald Trump, aún en sus años de aprendiz de magnate inmobiliario, aparece en una entrevista televisiva. Su tono es directo, casi ingenuo en su brutalidad. Hablando sobre el petróleo, dice:
"Con Irán, es muy simple. O ellos nos dan el petróleo, o nosotros se lo tomamos. No deberíamos estar mendigando. Estados Unidos tiene la fuerza militar más grande que el mundo haya visto. Y tenemos que usarla para proteger nuestros intereses. Si ellos no quieren negociar, entonces vamos y lo tomamos. No es complicado."
Esa declaración, que en su momento pudo pasar como la bravuconada de un empresario novel, adquiere ahora una dimensión casi profética. Porque Donald Trump, décadas después, llegaría a la presidencia. Y aunque su mandato terminó en 2021, la doctrina que encarnaba—esa mezcla de nacionalismo económico y convicción de que los recursos del planeta deben estar al servicio de Estados Unidos—sigue latiendo en el corazón de una facción poderosa del establishment político y militar.
Hoy, con Trump de regreso en la Casa Blanca desde enero de 2025, sus palabras juveniles resuenan como un programa de gobierno que nunca fue abandonado, solo postergado.
El petróleo como razón de estado
Para entender el patrón, hay que entender el petróleo. Irán posee las cuartas reservas más grandes del mundo. Durante décadas, ha sido un hueso duro de roer para los intereses energéticos occidentales. Desde la revolución de 1979, cada administración estadounidense ha considerado la posibilidad de una intervención militar. Pero siempre ha faltado el detonante perfecto: un evento tan catastrófico, tan emotivo, que unifique a la opinión pública y justifique lo injustificable.
El 11 de septiembre fue ese detonante para Irak—un país que, paradójicamente, no tuvo nada que ver con los atentados. Afganistán fue la excusa inmediata; Irak fue el verdadero botín. Y ahora, con Irán, la historia parece estar ensayando un segundo acto. El patrón, si uno se atreve a mirarlo, es casi demasiado perfecto:
1. Un magnate inmobiliario con conexiones profundas en los círculos de poder adquiere un rascacielos emblemático en suelo estadounidense.
2. Las tensiones geopolíticas con un país rico en petróleo alcanzan su punto máximo.
3. Ocurre un evento de impacto masivo en territorio nacional, atribuido a ese país o a sus aliados.
4. La nación entra en guerra.
5. El magnate cobra seguros millonarios que reconfiguran su fortuna.
6. Las corporaciones energéticas obtienen acceso a los recursos del país derrotado.
No es necesario creer en conspiraciones para reconocer un patrón. Basta con leer la historia sin los filtros del patriotismo.
La torre en Los Ángeles
La U.S. Bank Tower no es una torre cualquiera. Es un ícono arquitectónico, visible desde kilómetros a la redonda. Un símbolo. Y los símbolos, en el lenguaje de quienes manejan los hilos de la geopolítica, son munición. Silverstein, al comprarla, no solo adquiere un activo inmobiliario. Adquiere un escenario. ¿Qué pasaría si, en los próximos meses, esa torre sufriera un ataque? ¿Qué pasaría si se atribuyera a células durmientes vinculadas a Irán? ¿Qué pasaría si las imágenes del edificio en llamas recorrieran el mundo, desatando una ola de furia patriótica? La pregunta no es si es posible. La pregunta es si estamos dispuestos a reconocer que ya lo hemos vivido.
El dilema filosófico
Hay una idea en la filosofía que sostiene que el poder no es tanto la capacidad de hacer que algo ocurra, sino la capacidad de hacer que algo ocurra y que parezca inevitable. Cuando el 11 de septiembre sucedió, el país entero sintió que el mundo había cambiado para siempre. Pocos se preguntaron quién había estado esperando ese cambio. Pocos preguntaron por qué los protocolos de seguridad fallaron de manera tan sistemática. Pocos cuestionaron por qué el complejo del World Trade Center ( Las Torres Gemelas ) había sido adquirido apenas semanas antes por un hombre cuya fortuna terminaría multiplicándose con la tragedia. No es acusación. Es una invitación a la incomodidad.
Porque si hay un patrón, y si ese patrón se está repitiendo con Irán, entonces estamos ante algo más grande que un simple negocio inmobiliario. Estamos ante una lógica: la lógica de que las catástrofes pueden ser capitalizadas, de que los edificios pueden ser fichas de ajedrez en un tablero geopolítico, de que el petróleo es un dios que exige sacrificios.
Conclusión: el péndulo y la profecía autocumplida
Larry Silverstein no es un villano de novela. Es un hombre de negocios que ha sabido leer los vientos de su tiempo. Pero cuando uno observa sus movimientos y los superpone con las declaraciones de Donald Trump sobre tomar el petróleo de Irán, y con las alertas de seguridad que hoy estremecen a California, la geometría resultante dibuja una figura inquietante.
No sabemos si la U.S. Bank Tower será otra ficha en este macabro tablero. Esperamos que no. Pero la historia nos ha enseñado que cuando los mismos actores ocupan las mismas posiciones antes de una tormenta, la tormenta deja de ser una posibilidad y se convierte en una profecía autocumplida.
Y cuando esa tormenta llegue—si es que llega—, habrá quienes miren las cenizas y digan: "Qué terrible coincidencia". Y habrá quienes recuerden este patrón, y se pregunten por qué nadie hizo nada para romperlo. Mientras tanto, Silverstein ya es dueño de su torre en California. Y el petróleo de Irán sigue bajo tierra, esperando a que alguien decida que ha llegado el momento de tomarlo. "No es complicado", dijo Trump alguna vez. Tal vez nunca lo fue.
¿Y tú, qué opinas? ¿Crees que se podría repetir el atentado de las torres gemelas esta vez sobre la torre insignia de California, la U.S. Bank Tower en Los Ángeles, o solo es una más de las teorías de conspiración? Al final es tu opinión lo que cuenta ¿no crees?
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Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Ajedrez Político SLP.
HERNÁN RIVERA LÓPEZ
Es Ing Químico egresado de la BUAP, Comenzó como Ing de Calidad y Validación trabajando para Pfizer - Capsugel en el edo de Puebla para luego después inmigrar a Canadá, donde trabaja como especialista en alimentación desde hace ya 20 años. Actualmente estudia en la UPAEP la carrera de Filosofía.