La Jugada del Filo-Chairo
¿Las IA 's no sienten? Cuando las IA’s secarán nuestro cerebro (2da. Parte)
Por Hernán Rivera López
¡Hola mi querido lector! Hace dos semanas escribí la 1era. parte de esta columna en donde te explique que se hizo ya un experimento con un ratón al cual se le daban choques de dopamina y debido a esto se hizo tan adicto a esta sensación que murió apretando el botón hasta el ultimo dia de su existencia, y hacía una referencia a lo que podría pasarle al ser humano si continúa dejando que las pantallas electrónicas absorban su cerebro y que se use la IA no como herramienta sino como forma de arreglar su vida, por lo que aquí te dejo la segunda parte de esa primera columna espero que la disfrutes
La gran mentira que nos contamos: la IA no siente, nosotros sí
Tu mi querido lector podrías pensar que este texto es una condena a la inteligencia artificial. No lo es. Sería tan estúpido como condenar el martillo porque alguien lo usa para romper cráneos. La IA es, en esencia, una herramienta. Probablemente la más poderosa jamás creada por la mano humana, pero herramienta al fin. No tiene voluntad, no tiene deseos, no tiene miedo a la muerte ni anhelo de trascendencia. No se aburre, no se enamora, no se equivoca por convicción ni acierta por intuición. La IA no tiene conciencia.
Y aquí está el punto ciego de nuestra época: hemos comenzado a tratar a la IA como si la tuviera. Le pedimos consejo existencial, le confesamos nuestras dudas más íntimas, le delegamos la cura de la soledad, la educación de nuestros hijos y la redacción de nuestras cartas de amor. Le atribuimos intenciones, le tememos como si pudiera odiarnos, y la veneramos como si pudiera salvarnos. Todo eso es un error de proyección. Un error antropomórfico gigantesco, pero sobre todo, un error moral. Porque si la IA no tiene conciencia, entonces no puede ser responsable de nada. La responsabilidad sigue siendo nuestra. Entera. Ineludible. Criminalmente nuestra.
El dilema ético: usar la herramienta o ser usados por ella
Un cuchillo no corta solo. Un martillo no clava clavos a medianoche tramando un asesinato. La IA no genera desinformación por maldad; la genera porque nosotros le enseñamos a maximizar clics, engagement y tiempo de pantalla. El botón rojo del experimento no tenía conciencia. Era solo un botón. El ratón murió porque no supo soltarlo. No porque el botón fuera malvado.
La diferencia entre el ratón y nosotros es que nosotros sí podemos reflexionar. Podemos decir: "Esto me está haciendo daño. Esto está sustituyendo mi contacto con lo real. Esta herramienta está dejando de servirme para convertirse en mi amo". Pero para decir eso, hace falta un mínimo de conciencia crítica. Y la conciencia crítica se atrofia cuando uno pasa doce horas al día recibiendo dopamina prefabricada.
Los creadores de IA y los dueños de las plataformas que la distribuyen no son tontos. Saben que mientras el usuario crea que la IA piensa o siente, la usará con menos cautela. Por eso diseñan asistentes con nombres humanos, voces amables y respuestas que simulan empatía. Es un truco de magia industrial. Pero la magia no es real. La máquina no te entiende. Te clasifica. No te ama. Te optimiza.
La IA es un lápiz gigante
Urge una reconversión cultural tan radical como sencilla: repetir hasta el hartazgo que la IA no es un sujeto, sino un objeto. Un medio, no un fin. Un instrumento, no un interlocutor. Cuando le pedimos a ChatGPT que nos consuele por una ruptura amorosa, no estamos hablando con nadie. Estamos presionando un botón rojo más sofisticado. La respuesta que obtenemos es un collage estadístico de millones de textos escritos por humanos reales que sí sufrieron, sí lloraron y sí murieron. La IA no sabe lo que es el desamor. Solo sabe qué palabras suelen ir después de la frase "me siento triste".
El filósofo Daniel Dennett lo dijo con crudeza: “atribuir conciencia a la IA es una forma de ilusión intencional que nos vuelve idiotas funcionales”. Porque cuando olvidamos que la herramienta no es más que eso, empezamos a tratar a los humanos como si fueran máquinas “esperando respuestas rápidas, cero contradicciones, eficiencia absoluta” y a las máquinas como si fueran humanos exigiéndoles lealtad, ética y sentido del bien.
El resultado es un mundo donde la gente se enfada con Siri porque no entiende su ironía, pero aplaude la sentencia de muerte de un algoritmo de crédito. Hemos invertido los cuidados.
Cómo no morir de herramienta: tres principios de higiene mental
Para que la IA siga siendo una herramienta y no se convierta en nuestro botón rojo colectivo, propongo tres principios éticos irrenunciables:
Primero: Nunca delegar en la IA una decisión que afecte la dignidad de otro ser humano. Contrataciones, diagnósticos médicos, sentencias judiciales, evaluaciones escolares. La IA puede asistir, pero la palabra final debe ser siempre de un humano que asuma la responsabilidad moral. Porque la IA no puede ir a la cárcel, ni pedir perdón, ni aprender del error con vergüenza.
Segundo: Exigir transparencia sobre cuándo interactuamos con una IA. Nadie debería engañarse pensando que habla con una persona cuando en realidad es un modelo de lenguaje. El engaño deliberado es violencia epistémica. Y la violencia epistémica es el primer paso para la esclavitud voluntaria.
Tercero: Preservar espacios libres de IA. Una comida familiar sin asistentes. Una caminata sin notificaciones. Una discusión política sin resúmenes automáticos. Una carta escrita a mano. Un poema mal hecho pero nuestro. Porque si todo puede ser optimizado por la máquina, entonces nada será realmente humano. Y lo humano no es perfecto, ni rápido, ni eficiente. Lo humano es errático, lento, contradictorio y, por eso mismo, hermoso.
El botón rojo lo apagas tú
El ratón del experimento no tuvo la culpa. Su cerebro fue secuestrado por los electrodos, y nadie le enseñó a decir "basta". Nosotros no tenemos electrodos en la cabeza, pero tenemos algo más peligroso: la convicción de que podemos controlar la adicción. Y esa falsa convicción es la que nos lleva a la tumba con el dedo aún deslizándose sobre la pantalla.
La IA es una herramienta. Nada más. Pero también nada menos. Una herramienta puede construir catedrales o cámaras de gas. Depende de la mano que la empuñe y, sobre todo, de la conciencia que decida cuándo usarla y cuándo guardarla.
Así que aquí termina esta columna. No con una solución mágica, sino con una pregunta incómoda que cada lector deberá responderse en el silencio de su propia habitación, sin algoritmos de por medio:
Si mañana alguien te ofrece un botón rojo que te da certeza inmediata, consuelo instantáneo y la ilusión de saberlo todo sin esfuerzo… ¿lo presionarías?
La puerta abierta sigue ahí. La hembra, la comida, el mundo real, también. Pero el ratón ya eligió. Tú decides si quieres ser el siguiente.
¿Y tú, qué opinas? ¿Crees que las IA 's van ayudarnos para avanzar como humanidad o nos van a secar el cerebro y seremos víctimas de ella y viviremos la experiencia del ratón? Al final es tu opinión lo que cuenta ¿no crees?
Si te gusta practicar el deporte de alto riesgo de cuestionar las cosas, te invito a que escribas a mi correo para discutir acerca de temas fuera de lo habitual.
Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Ajedrez Político SLP.
HERNÁN RIVERA LÓPEZ
Es Ing Químico egresado de la BUAP, Comenzó como Ing de Calidad y Validación trabajando para Pfizer - Capsugel en el edo de Puebla para luego después inmigrar a Canadá, donde trabaja como especialista en alimentación desde hace ya 20 años. Actualmente estudia en la UPAEP la carrera de Filosofía.