La Jugada del Filo-Chairo

La industria de la muerte: Cuando la guerra es solo un catálogo de actualización

Por Hernán Rivera López

Si la historia de la humanidad pudiera leerse como el balance de contabilidad de una fábrica de armamento, probablemente descubriremos que la paz no es más que un molesto paréntesis entre dos entregas de mercancía. La tesis que circula en las conversaciones de café, en los análisis geopolíticos marginales y en la conciencia incómoda de muchos, sostiene que los conflictos bélicos no estallan por ósmosis espontánea, sino que son orquestados por las grandes armerías mundiales con un propósito tan macabro como lógico desde la lógica del mercado: vaciar las bodegas del arsenal viejo para poder vender el nuevo.

Desde una perspectiva filosófica, esto nos sitúa ante una verdad incómoda que ya anticipaba Heráclito cuando afirmaba que "la guerra es el padre de todas las cosas". El filósofo griego no imaginaba, sin embargo, que ese padre tendría accionistas, junta directiva y un plan de negocios a cinco años. Si la guerra es el motor de la historia, como pensaba Hegel, hoy ese motor funciona con diésel comprado a empresas que cotizan en bolsa.

Lo que la conciencia humanista no puede tolerar no es solo la muerte, sino la indignidad de la causa. Que un soldado caiga defendiendo su tierra es una tragedia; que caiga para que un accionista en Zúrich o Detroit pueda cambiarse el coche es un ultraje a la inteligencia. El filósofo español Ortega y Gasset sostenía que "la guerra no es un instinto, sino una invención". Si esto es así, habría que preguntarse: ¿invención de quién? ¿Del espíritu heroico de los pueblos o del departamento de marketing de las industrias bélicas?

El mecanismo es perverso pero brillante en su simplicidad: se alimenta el monstruo del miedo, se avivan tensiones étnicas o religiosas latentes —muchas veces heredadas del mismo colonialismo que estas potencias armamentísticas propiciaron— y, cuando el conflicto estalla, las armas fluyen como el agua en el desierto. Pero no por generosidad: fluyen porque hay un inventario que rotar. Los misiles que hoy caen sobre ciudades son los mismos que hace cinco años estaban a punto de caducar en algún almacén de Nevada o de los Urales.

La pregunta que debería estremecernos es: ¿qué clase de civilización es aquella que necesita la sangre para justificar su producción? El humanista alemán Albert Schweitzer, premio Nobel de la Paz, acuñó el concepto de "reverencia por la vida". Frente a esa reverencia, el complejo militar-industrial levanta un templo a la muerte programada, a la baja por catálogo, a la destrucción como único mecanismo viable de estímulo económico.

Vivimos en un mundo donde los conflictos no se resuelven: se administran. Porque un conflicto resuelto es un cliente perdido. La paz verdadera, esa que sueña con escuelas en lugar de cuarteles, con hospitales en lugar de fábricas de misiles, resulta ser el peor enemigo del negocio de la guerra.

Mientras tanto, los pueblos siguen matándose entre sí con la convicción de que defienden ideales, cuando quizás solo están liquidando el stock del año pasado para que, con el dinero de sus impuestos y sus vidas, se pueda fabricar el del año que viene. Y así, en este carrusel de muerte programada, la humanidad sigue girando, preguntándose por qué la paz es tan esquiva, sin atreverse a mirar el precio que tiene ponerle fin.

¿Y tú, qué opinas? ¿Crees que se debe invertir en la guerra provocada o la guerra debería ser solo en caso necesario? Al final es tu opinión lo que cuenta ¿no crees? 

Si te gusta practicar el deporte de alto riesgo de cuestionar las cosas,  te invito a que escribas a mi correo para discutir acerca de temas fuera de lo habitual.

Tu amigo el Filo-Chairo.

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Ajedrez Político SLP.

HERNÁN RIVERA LÓPEZ

herfer.hrl2010@gmail.com

Es Ing Químico  egresado de la BUAP, Comenzó como Ing de Calidad y Validación trabajando para Pfizer - Capsugel en el edo de Puebla para luego después inmigrar a Canadá, donde trabaja como especialista en alimentación desde hace ya 20 años. Actualmente estudia en la UPAEP La carrera de Filosofía.

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