La Jugada del Filo-Chairo
La Hidra, Al Capone y el espejo roto del norte
Por Hernán Rivera López
En la mitología griega, Hércules se enfrentó a un monstruo de proporciones aterradoras: la Hidra de Lerna. Esta criatura, de múltiples cabezas, poseía un don letal para cualquier héroe: por cada cabeza que se le cortaba, dos nacían en su lugar. La fuerza bruta era inútil; la bestia solo podía ser vencida si alguien tenía la astucia de cauterizar el cuello antes de que las cabezas brotaran de nuevo.
A veces, leyendo las noticias sobre la guerra contra el fentanilo o los discursos que señalan a los cárteles mexicanos como el “cáncer” de América del Norte, no puedo evitar pensar en esa vieja fábula. El discurso oficial nos presenta a los capos mexicanos como la Hidra: violentos, ubicuos, imposibles de erradicar. Pero si observamos con cuidado la política real —no la del discurso, sino la de los hechos—, veremos que en el norte del continente han aprendido a aplicar la lección de Hércules. No matan a la Hidra; llegan a un acuerdo con ella.
Canadá y Estados Unidos han perfeccionado el arte de domesticar al monstruo. Allá, las grandes organizaciones del crimen organizado —herederas de la Cosa Nostra, la mafia ítalo-americana o las bandas de motociclistas como los Hells Angels— operan bajo un pacto de hierro forjado con sangre y tinta fiscal. El trato es tan sencillo como cínico: tengan su imperio, controlen sus negocios (legales o ilegales), pero respeten dos cláusulas inquebrantables. La primera: paguen sus impuestos en tiempo y forma. La segunda: no toquen a la población civil; que la violencia se quede en los sótanos de los bares, en las disputas internas, lejos de las cámaras y de las calles limpias donde pasea el ciudadano de a pie.
Y para entender la solidez de este pacto, solo hace falta recordar la tumba de Al Capone. “Scarface” ordenó la matanza de San Valentín, eliminó a rivales a sangre fría y se enriqueció a base de contrabando. Sin embargo, no fueron sus decenas de muertes las que lo llevaron a la fría celda de Alcatraz. Fue la hacienda pública. La oficina de impuestos logró lo que la policía no pudo: atraparlo por evasión fiscal. La moraleja que aprendió el hampa fue clara: "Puedes ahogar Chicago en sangre, pero no le robes ni un centavo al Tío Sam".
Por otro lado, en Montreal, Canadá, los moteros llamados “Hells Angels” colocaban coches bombas en plena ciudad para ajustar cuentas y eliminar a sus enemigos. No obstante, el gobierno canadiense actuó solo cuando un niño inocente murió a plena luz del día al explotar uno de estos vehículos. Los moteros fueron encarcelados, pero, sus negocios continuaron hasta el dia de hoy, es decir, a la Hidra de la mafia le crecieron más cabezas, esta vez con rostros nuevos que no saldrán a luz pública hasta que sea conveniente para el gobierno canadiense, no se, tal vez en actos de campaña política o en medio de un escándalo social o mejor aun, cuando las arcas de la oficina de impuestos se de cuenta que le hicieron falta algunos dólares y eso sí, de confirmarse un pequeño adeudo fiscal entonces el gobierno canadiense será implacable contra los criminales pues el dios de los capitalistas es el dinero y sus armas su biblia para cobrar bajo el lema “Está escrito en el contrato y es palabra sagrada el pago de impuestos”.
Esa lección, internalizada durante generaciones, ha construido una doble moral que es el cimiento de la hipocresía geopolítica de nuestros días. Es por eso que estas mafias locales no aparecen en la prensa como el enemigo público número uno. No interesan. Han sido absorbidas por el sistema; son una Hidra a la que se le ha cauterizado el cuello con facturas fiscales. Pagan, se esconden y mantienen la “paz social” que exige el statu quo.
Ahí radica el meollo filosófico del asunto: la ética del Estado moderno no juzga el origen de la riqueza, sino su capacidad de integrarse a la maquinaria. Si el crimen paga impuestos y no alborota la calle, deja de ser crimen para convertirse en un sector más de la economía sumergida tolerada.
Sin embargo, cuando levantamos la vista y vemos la crisis del fentanilo que devora ciudades como Filadelfia o Portland, el dedo acusador gira hacia el sur. Se culpa a los cárteles mexicanos por vender la droga que los ciudadanos del norte consumen. Es un ejercicio de prestidigitación moral digno de un sofista. Se acusa al proveedor por satisfacer la demanda que el propio sistema genera y protege.
Es como si Hércules, tras fracasar en matar a la Hidra en su tierra, culpara al herrero que forjó las espadas, mientras la bestia sigue pastando tranquilamente en sus campos, pagando su diezmo al rey.
Mientras el norte mantenga esta esquizofrenia colectiva —tolerancia fiscal y operativa para sus mafias domésticas, y guerra frontal contra las extranjeras— el monstruo de las mil cabezas seguirá vivo. Solo que ahora, una de sus cabezas habla inglés y francés, paga sus impuestos y vive en un suburbio, mientras que las otras, las que venden la mercancía, son las únicas que salen en las fotos. La tragedia es que nos hemos acostumbrado a mirar solo el espejo, sin atrevernos a romperlo para ver lo que refleja.
¿Y tú, qué opinas? ¿Crees que es ético por parte de las autoridades de los países del norte de América decir la siguiente frase: “ ¡Rápido! Agarren a ese narcotraficante que me vendió la droga que me estoy fumando”? Al final es tu opinión lo que cuenta ¿no crees?
Si te gusta practicar el deporte de alto riesgo de cuestionar las cosas, te invito a que escribas a mi correo para discutir acerca de temas fuera de lo habitual, tu amigo el Filo-Chairo.
Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Ajedrez Político SLP.
HERNÁN RIVERA LÓPEZ
Es Ing Químico egresado de la BUAP, Comenzó como Ing de Calidad y Validación trabajando para Pfizer - Capsugel en el edo de Puebla para luego después inmigrar a Canadá, donde trabaja como especialista en alimentación desde hace ya 20 años. Actualmente estudia en la UPAEP La carrera de Filosofía.