La Jugada del Filo-Chairo
La palabra final: El susurro que perdona y el rugido que resiste
Por Hernán Rivera López
La muerte de un líder no es un simple cese biológico; es una declaración teológica. Es el último párrafo de un testamento que sus seguidores leerán por siglos. En la tradición judeocristiana, las últimas palabras de un moribundo tienen carácter de bendición o de profecía. Por eso resulta tan revelador confrontar las siete palabras de Jesús en la cruz con las últimas declaraciones del ayatolá Jamenei antes de que los misiles lo alcanzaran. Dos hombres, dos muertes, dos cosmovisiones enfrentadas sobre qué significa entregar la vida por una causa.
Jesús muere desnudo, sediento, abandonado. Sus últimas palabras, recogidas por los evangelistas, son un manual de teología en siete estaciones . La primera es un susurro de perdón: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lucas 23,34) . En su momento de máxima vulnerabilidad, cuando el dolor debería justificar la maldición, Jesús intercede por sus verdugos. No hay aquí estrategia política, ni cálculo de posteridad. Hay una teología del amor que desafía toda lógica humana: el mártir cristiano no muere matando, muere perdonando.
La cuarta palabra es un grito desgarrador: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mateo 27,46) . Los teólogos han debatido durante siglos el significado de esta exclamación. Algunos ven en ella la expresión del abandono real que experimentó el Hijo al cargar con el pecado del mundo. Otros, como San Agustín, interpretan que Jesús cita el Salmo 22 completo, que comienza en angustia pero termina en victoria . Lo relevante es que Jesús no niega la experiencia del abandono. No finge fortaleza. No oculta su humanidad quebrada. Incluso en la cruz, es radicalmente honesto sobre su sufrimiento.
La sexta palabra es un grito de consumación: "Todo está cumplido" (Juan 19,30) . No es una derrota, sino una culminación. La misión para la que vino —revelar el rostro del Padre, ofrecer su vida en rescate— ha llegado a su meta. Y la séptima palabra es una entrega confiada: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lucas 23,46) . Jesús muere como vivió: en las manos del Padre. Su martirio no es un acto de poder, sino de confianza radical.
Frente a este modelo, el ayatolá Jamenei encarna una concepción radicalmente distinta del sacrificio. No encontraremos en sus últimas declaraciones un susurro de perdón para sus verdugos, sino un rugido de resistencia. En su último discurso público, transmitido desde un búnker mientras las bombas caían sobre Teherán, Jamenei no habló de entrega confiada, sino de firmeza inquebrantable: "La nación iraní no puede rendirse. Nunca nos hemos sometido a nadie y nunca aceptaremos ninguna forma de sumisión" .
Pocos días antes de su muerte, el 17 de febrero de 2026, Jamenei dejó un mensaje que sus seguidores interpretan ya como su testamento espiritual. En él, invocaba la figura del imam Husein, el mártir por excelencia del chiismo, asesinado en Karbala en el año 680: "El imam Husein (la paz sea con él) dijo: 'Alguien como yo no pacta con alguien como Yazid'. La nación iraní viene a decir: 'Una nación como la nuestra, con esta cultura, con esta historia, no pactará con unos gobernantes como esos individuos corruptos'" .
Esta invocación no es casual. En la teología política chií, desarrollada por pensadores como Ali Shariati, la figura de Husein se transformó en el prototipo del revolucionario que prefiere morir antes que pactar con la tiranía . El martirio chií no es un acto de abandono confiado en Dios, sino un acto de testimonio combativo. El mártir no perdona a Yazid; lo denuncia. No entrega su espíritu en silencio; lo hace mientras proclama la verdad que condena al opresor.
La paradoja final de Jamenei, sin embargo, añade una capa de complejidad a esta narrativa. Según declaraciones de su propio representante después de su muerte, el líder supremo tomó una decisión consciente en sus últimas horas: "No quiso ponerse a salvo mientras su pueblo permanecía expuesto; esa fue su última decisión" . Durante días, los informes de inteligencia indicaban que Jamenei había sido trasladado a un búnker subterráneo fortificado en Teherán, una red de túneles diseñada para resistir el ataque más devastador . Los estrategas militares, sus propios guardaespaldas, probablemente le suplicaron que permaneciera allí. Pero él eligió salir. Eligió reunirse con sus comandantes en el complejo de Beit E Rahbari, en un ala subterránea pero no en el búnker más profundo . Y allí lo encontraron los treinta artefactos lanzados por los cazas israelíes .
Esta decisión transforma su muerte. Ya no es la de un líder acorralado que muere en su refugio, sino la de un comandante que se niega a sobrevivir a su pueblo. En la teología política del chiismo institucionalizado por Jomeini y Jamenei, el martirio es una palanca de movilización y legitimación política. El sufrimiento individual se articula con la denuncia de la injusticia y la proyección de un orden político alternativo. Como señala Farhad Khosrokhavar, esta martirología transforma al individuo frustrado en héroe póstumo de una historia colectiva sacralizada, convirtiendo la impotencia política en un recurso de legitimación . Las últimas palabras de Jamenei no invitan al perdón, sino a la resistencia perpetua: "No nos sometemos a la voluntad de nadie" .
Aquí reside la divergencia filosófica fundamental. Para el cristianismo, tal como lo formula el teólogo Erik Peterson, el martirio no es un acto de fanatismo religioso, sino una gracia especial a la que Cristo llama. El mártir no muere por una idea, sino por una persona, y su sufrimiento no es un fin en sí mismo, sino una participación en la muerte de Cristo, una incorporación a su cuerpo místico . Por eso las últimas palabras de Jesús son de perdón y de entrega. El mártir cristiano muere como murió su Maestro: perdonando.
Jesús, en la cruz, pronuncia siete frases. Jamenei, en sus últimos mensajes, repite una idea obsesivamente: la nación iraní no se rendirá. Jesús habla de perdón, de promesa, de cuidado filial, de sed física y espiritual, de consumación y de entrega. Jamenei habla de firmeza, de rechazo a la sumisión, de fidelidad al imam Husein, de resistencia contra los corruptos. Jesús muere con los brazos abiertos, en posición de acogida. Jamenei muere fuera del búnker, en posición de combate, después de haber decidido compartir la suerte de su pueblo .
Ambos son mártires para sus respectivas tradiciones. La Guardia Revolucionaria iraní despidió a Jamenei afirmando que "su martirio en las manos de los más terribles terroristas es un símbolo de su virtud" . Los cristianos, durante veinte siglos, han contemplado la cruz como el símbolo supremo de la virtud que consiste en entregar la vida por amor.
Pero el contraste teológico es insalvable. El martirio cristiano, en su pureza evangélica, desactiva la lógica de la violencia. El mártir no devuelve golpe por golpe; absorbe la violencia y la transforma en perdón. El martirio chií, en su formulación política, alimenta la lógica de la resistencia. El mártir denuncia, combate y, al caer, se convierte en bandera de batalla para las siguientes generaciones.
Las últimas palabras de Jesús son un testamento de reconciliación: "Padre, perdónalos". Las últimas palabras de Jamenei son un testamento de confrontación: "La nación iraní no puede rendirse". Una tradición invita a romper la espiral de venganza. La otra, a perpetuarla en nombre de la justicia. Ambas prometen vida después de la muerte. Pero mientras una ofrece esa vida al que perdona y al que es perdonado, la otra la reserva exclusivamente para los que resisten hasta el final.
En el silencio que sigue a la muerte de estos dos hombres, sus palabras siguen resonando. Y nosotros, los que aún vivimos, debemos elegir de qué lado del abismo queremos escucharlas.
¿Y tú, qué opinas? ¿Crees que se debe perdonar a tu enemigo o se debe resistir hasta el final en una guerra sin cuartel? Al final es tu opinión lo que cuenta ¿no crees?
Si te gusta practicar el deporte de alto riesgo de cuestionar las cosas, te invito a que escribas a mi correo para discutir acerca de temas fuera de lo habitual, tu amigo el Filo-Chairo.
Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Ajedrez Político SLP.
HERNÁN RIVERA LÓPEZ
Es Ing Químico egresado de la BUAP, Comenzó como Ing de Calidad y Validación trabajando para Pfizer - Capsugel en el edo de Puebla para luego después inmigrar a Canadá, donde trabaja como especialista en alimentación desde hace ya 20 años. Actualmente estudia en la UPAEP La carrera de Filosofía.