La Jugada del Filo-Chairo
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LA MÚSICA DETRÁS DE LA CELOSÍA: SOBRE LA IGUALDAD DEL ESPÍRITU Y LA ILUSIÓN DE LA RIQUEZA
Por Hernán Rivera López
Por una ética de la dignidad compartida.
Las voces de la penumbra.
Durante los siglos XVII y XVIII, los viajeros que recorrían las sinuosas aguas de Venecia no buscaban únicamente el fasto de los palacios patricios ni la grandiosidad de los mercaderes del Gran Canal. Había un fenómeno aún más deslumbrante, aunque envuelto en el misterio más absoluto. En la iglesia del Ospedale della Pietà, tras unas elevadas celosías de hierro forjado que velaban el presbiterio, una armonía sublime inundaba el espacio sagrado. Quienes ejecutaban aquellos complejos conciertos de violín, violonchelo, órgano y canto no eran virtuosos contratados de las cortes europeas, sino las Figlie del Choro: jóvenes huérfanas, expósitas y abandonadas al nacer en los muros del hospicio por la miseria o la vergüenza.
Para la sociedad clasista de la época, aquellas muchachas representaban el peldaño más bajo de la escala social. Carecían de apellido, de cuna y de linaje. Eran las marginadas del mundo, las criaturas "invisibles" a quienes el azar había privado de fortuna material. Sin embargo, al tocar bajo la instrucción de maestros como Antonio Vivaldi, la barrera entre la indigencia y la nobleza se disolvía por completo. La aristocracia europea, ataviada con sedas y joyas, lloraba de conmoción ante el arte producido por quienes la sociedad consideraba descartables.
Este hecho histórico no es un mero pasaje pintoresco de la musicología; constituye una lección filosófica urgente para nuestro presente. Las Figlie del Choro demostraron que el genio, la sensibilidad y el intelecto no responden a un título nobiliario ni a una cuenta bancaria. Revelaron que, cuando al ser humano se le ofrece la oportunidad del cultivo interior, el alma florece con la misma majestad, independientemente del lecho en que haya nacido.
La celosía que ocultaba a las jóvenes músicos funcionaba como una paradoja trágica y reveladora. Por un lado, velaba sus rostros para preservar el pudor impuesto por las instituciones de la época; por el otro, eliminaba el prejuicio visual del espectador. El oyente no podía juzgar la ropa raída ni el origen humilde de la intérprete; solo podía escuchar la pureza de la música. De este modo, el arte actuaba como un ecualizador ontológico: en la penumbra del templo, la pobreza material quedaba anulada por la riqueza inmaterial del espíritu.
La ilusión de la cuna: Una perspectiva ontológica.
Desde la perspectiva de la filosofía clásica y del humanismo universalista, la distinción entre el rico y el pobre no pertenece al orden de la esencia (essentia), sino al de los accidentes (accidentia). El filósofo estoico Séneca recordaba a sus contemporáneos en sus Epístolas a Lucilio que todos los seres humanos compartimos el mismo origen y el mismo aliento vital, y que la fortuna distribuye sus favores de manera caprichosa y superficial. La riqueza o la indigencia son ropajes circunstanciales; debajo de ellos yace la misma sustancia humana: vulnerable, consciente y poseedora de una dignidad intrínseca inalienable.
Despreciar al necesitado o asumir una superioridad moral basada en la acumulación de bienes materiales constituye un error categórico y una ceguera existencial. Cuando el rico discrimina al pobre, comete la imprudencia de confundir el poseer con el ser. Creer que la opulencia confiere un valor ontológico superior es olvidar la fragilidad compartida que nos iguala a todos ante el dolor, la enfermedad y la muerte.
La educación es, en este sentido, el acto humanista por excelencia. Educar no es instruir para la producción económica, sino revelar la humanidad oculta en cada individuo. Cuando el Ospedale della Pietà abrió las puertas de la música a las niñas abandonadas de Venecia, no solo les enseñó a interpretar un instrumento: les restituyó su condición de seres pensantes y sintientes, capaces de acceder a lo trascendente.
Si el potencial del intelecto y de la belleza reside con idéntica potencia en el hijo de un rey que en el de un mendigo, entonces la desigualdad social no es un destino natural, sino una falla de las estructuras humanas. Privar a un ser humano de la educación y del desarrollo de sus facultades en razón de su pobreza no es solo una injusticia social; es un sacrilegio contra la dignidad de la naturaleza humana.
El imperativo del reconocimiento mutuo.
El ejemplo de las Figlie del Choro interpela directamente a la sociedad contemporánea. Aunque las celosías de hierro forjado hayan desaparecido de los templos, persisten murallas invisibles hechas de prejuicio, aplanamiento económico y segregación. Continuamos midiendo el valor de los individuos por sus credenciales de consumo, mientras relegamos al olvido el inmenso potencial que yace en los márgenes de nuestras ciudades.
El humanismo nos exige superar la mirada reduccionista que clasifica a los hombres y mujeres por su capital. Immanuel Kant formuló en su imperativo categórico que el ser humano debe ser tratado siempre como un fin en sí mismo y nunca como un simple medio. Tanto el rico como el pobre comparten la misma arquitectura racional y la misma capacidad para el afecto, la creación y el sufrimiento. La riqueza no otorga virtud, así como la pobreza no despoja al individuo de su valor absoluto.
La historia de las músicos invisibles de Venecia nos enseña que el talento y la grandeza no requieren linaje, sino un terreno fértil donde germinar. Cuando la sociedad invierte en la mente y el alma de los más desfavorecidos, el resultado no es solo la redención de una vida individual, sino el enriquecimiento de la humanidad entera. Las composiciones que resonaban en la Pietà iluminaron a Europa no porque provinieran de un palacio, sino porque brotaban de la profundidad del espíritu humano.
Es momento de derribar los prejuicios que dividen a la comunidad humana entre quienes lo tienen todo y quienes parecen no tener nada. Frente a la arrogancia de la riqueza y el dolor de la marginación, la lección de las hijas del coro permanece inalterable: la dignidad no se hereda ni se compra; se reconoce. Al final del día, despojados de los títulos y las posesiones que el tiempo inevitablemente erosiona, todos los seres humanos pertenecemos a la misma orquesta, interpretando, bajo el mismo cielo, la laboriosa partitura de nuestra existencia común.
¿Y tú, qué opinas? ¿Crees que las personas marginadas no valen o solo fue un capricho de la vida su destino pero tienen todo el potencial de crear igual que cualquier noble rico ? Al final es tu opinión lo que cuenta ¿no crees?
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Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Ajedrez Político SLP.
HERNÁN RIVERA LÓPEZ
Es Ingeniero Químico egresado de la BUAP, Comenzó como Ing de Calidad y Validación trabajando para Pfizer-Capsugel en el estado de Puebla para luego después inmigrar a Canadá, donde trabaja como especialista en alimentación desde hace ya 20 años. Actualmente estudia en la UPAEP la carrera de Filosofía.