Los Expedientes del Imperio

Por Jaime Contreras Huerta

Meritocracia reciclada y democracia en disputa

La irrupción del llamado Frente Amplio Democrático (FAD), presentada en días pasados, contra las reformas electorales promovidas por el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum. Otra vez, firmado por los personajes de siempre, políticos, exconsejeros electorales, académicos, intelectuales, entre otros esperpentos, no es otra cosa, que el ideal de configurarse en tiempos de transformación, como la voz que defiende su verdadera democracia con una supuesta novedad política que, devela su ingenuidad con otro reciclaje de iniciativas opositoras más que conocidas y con los mismos actores, los mismos rostros, nombres, apellidos. Todos con la ilusión de legitimación anclada en el pasado.

Su manifiesto, devela la insistencia de una estrategia apoyada con imágenes de personajes fallidos como Claudio X. González y el expresidente Vicente Fox, en un intento de refuerzo procaz para animar la percepción de continuidad de la Marea Rosa. Movimiento que se presentó como ciudadano, pero que terminó funcionando como la expresión de las élites políticas y económicas que gobernaron a México durante el régimen neoliberal.

La irrupción del llamado Frente Amplio Democrático, amerita, por lo menos; un intento de análisis sobre la meritocracia para clarificar lo siguiente: Los firmantes parecen asumir que el lugar, puestos o nombramientos que ocuparon en el pasado, en organismos autónomos, instituciones electorales, gobiernos o espacios de opinión pública, les otorga autoridad moral incuestionable para definir que es democracia. Esto remite a lo que Pierre Bourdieu denomina capital simbólico: un prestigio social acumulado que se presenta como natural, pero que en realidad es producto de relaciones históricas de poder.

Desde esta perspectiva, la meritocracia es un mecanismo de reproducción de las élites. Como advierte Francois Dubet, la meritocracia moderna tiende a legitimar las desigualdades existentes al convertir los privilegios heredados en supuestos méritos personales. En el caso mexicano, esa meritocracia se construyó durante décadas en un contexto de simulación institucional, desigualdad estructural y captura del Estado por intereses privados.

La paradoja es evidente: quienes hoy se erigen como defensores de la democracia son, en muchos casos, los mismos actores que convivieron con prácticas que la erosionaron. La manipulación electoral, el uso faccioso de las instituciones, la corrupción normalizada y la distancia entre el poder y la ciudadanía fueron rasgos persistentes del régimen neoliberal. Sin embargo, esos antecedentes son omitidos en el discurso del frente, como si el simple paso del tiempo purificara trayectorias políticas profundamente cuestionadas.

La llamada cuarta transformación, iniciada por Andrés Manuel López Obrador y en proceso con Claudia Sheinbaum, no solo implicó un cambio de políticas públicas, sino una disputa por el sentido de la democracia. Como señala Pierre Rosanvallon, las democracias contemporáneas atraviesan una crisis de legitimidad cuando los ciudadanos dejan de reconocer a las élites tradicionales como sus representantes. En este escenario, la desconfianza hacia los antiguos árbitros neoliberales no son un problema, sino un síntoma de su crisis política.

Es aquí donde la noción de meritocracia entra en conflicto con el proyecto político actual. El frente opositor parece incapaz de reconocer que su autoridad además de ser cuestionada por autoritarismo y corrupción, la sociedad ya no concede legitimidad automática a quienes monopolizaron la palabra democracia durante décadas con una defensa a ultranza de instituciones diseñadas bajo el manto del neoliberalismo.

Desde una mirada crítica, la verdadera afectación a la democracia no proviene del debate sobre las reformas electorales, sino del intento de clausurar ese debate apelando a una supuesta superioridad técnica y moral. Nancy Fraser ha advertido que la democracia se vacía cuando los espacios de deliberación son capturados por élites que definen los límites de lo decible. Cuando la meritocracia se convierte en un argumento de autoridad incuestionable, deja de ampliar la democracia y comienza a restringirla.

Más que un frente amplio, lo que hoy se configura es un frente nostálgico, anclado en una concepción de la democracia administrada por unos cuantos y profundamente desconfiada de la voluntad popular. La disputa de fondo no es meramente electoral, sino simbólica porque se trata de definir quién tiene derecho a nombrar la democracia y desde qué experiencias. En esa disputa, la meritocracia heredada del antiguo régimen ya no garantiza legitimidad, porque la democracia, para seguir siéndolo, necesita algo más que firmas: necesita memoria, autocrítica y apertura al conflicto social.

El debate sobre democracia, que pretende las supuestas mentes ilustradas de la meritocracia no puede reducirse a publicaciones solemnes ni a la acumulación de firmas con prestigio decadente. La democracia no es un capital simbólico que se hereda intacto con el paso del tiempo. Es un proceso latente, que se redefine a partir de la participación social, la memoria histórica y la capacidad de cuestionar a quienes se asumen como sus guardianes. Pretender anclar el debate apelando a trayectorias de personajes cuestionados por su pasado, en el fondo, es un gesto profundamente antidemocrático. Hoy, la disputa no se libra solo en el terreno institucional, sino en el sentido mismo de lo democrático. En ese contexto, el reciclaje de la meritocracia neoliberal de la marea rosa no ofrece futuro, lo que apenas ofrece es nostalgia, ahora cuando la democracia, para sobrevivir, necesita algo más que nostalgia, necesita hacerse cargo de sus propias contradicciones.

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Ajedrez Político SLP.

JAIME CONTRERAS HUERTA

jcontrerash44@gmail.com

Maestro en Historia por el colegio de San Luis A.C. y Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.

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