Los Expedientes del Imperio
Por Jaime Contreras Huerta
Misiles, algoritmos y mentiras
El espectáculo de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán además de la confrontación regional, marcada por ataques directos y encubiertos, es también una disputa por la percepción pública que ilustra con claridad esta nueva dimensión del conflicto; porque mientras los ataques militares ocupan titulares en los medios de comunicación, otra batalla; menos visible pero igualmente intensa, se libra en redes sociales, plataformas digitales y medios informativos. Me refiero a la guerra de narrativas, un escenario donde la información, la propaganda y ahora la inteligencia artificial compiten por moldear lo que millones de personas creen que está ocurriendo.
En los últimos días han circulado videos que acumulan millones de reproducciones mostrando supuestos ataques devastadores, ciudades arrasadas o victorias militares espectaculares. Sin embargo, varios de estos materiales han resultado ser imágenes recicladas de otros conflictos, fragmentos de videojuegos o contenido generado por inteligencia artificial. El fenómeno no es nuevo, pero su escala sí lo es, en tal medida, que a velocidad con la que se produce y difunde este contenido ha creado un entorno informativo donde la frontera entre realidad y simulación se vuelve cada vez más difusa.
Por ejemplo, han circulado videos que muestran a ciudades israelíes completamente destruidas por misiles iraníes, mientras que en otros casos se difunden imágenes que sugieren una inminente caída del régimen iraní mediante protestas masivas. En ambos casos, muchos de estos contenidos han sido manipulados, descontextualizados o directamente fabricados. En contextos de guerra, rumores de este tipo pueden amplificarse rápidamente antes de que exista confirmación independiente. La información se convierte así en un campo de disputa donde cada actor intenta imponer su propia versión de los hechos.
Este fenómeno refleja una característica central de nuestra época: la posverdad que, no significa simplemente que existan mentiras porque esto ha ocurrido en todas las guerras de la historia. Significa que las emociones y las creencias previas pesan más que los hechos verificables en la formación de la opinión pública. Cuando una imagen impactante aparece en la pantalla del teléfono, su capacidad de persuasión suele ser mayor que la posterior aclaración de un verificador de datos.
La inteligencia artificial ha acelerado este proceso de forma inédita, ya que hoy es posible generar videos hiperrealistas en cuestión de minutos. Estas herramientas permiten crear escenas de ataques, explosiones o discursos falsos con un nivel de detalle que hace apenas unos años habría sido impensable. Como resultado, el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán se está convirtiendo en uno de los primeros enfrentamientos internacionales donde la producción masiva de contenido sintético forma parte del ecosistema informativo de la guerra.
En este contexto, todos los actores participan, de una u otra forma, en la batalla narrativa. Medios estatales iraníes han difundido materiales que muestran supuestas victorias militares, mientras que en el ámbito occidental también aparecen narrativas que minimizan ciertos daños o enfatizan amenazas estratégicas para justificar acciones militares. El resultado es una saturación informativa donde las audiencias reciben versiones contradictorias de los hechos.
Las redes sociales juegan un papel clave en este proceso. Plataformas como X, TikTok o Facebook funcionan como amplificadores de contenido emocionalmente potente. Videos espectaculares, imágenes dramáticas o afirmaciones contundentes tienen muchas más probabilidades de viralizarse que una explicación o un análisis contextual. En este escenario, la lógica de los algoritmos termina reforzando el problema, ya que la desinformación viaja más rápido que la verificación.
El impacto de la desinformación no se limita a Medio Oriente o a los países involucrados. En América Latina y en México, en particular, millones de personas consumen diariamente información sobre conflictos internacionales a través de redes sociales. Muchas veces esa información llega sin contexto, sin verificación y sin intermediación periodística. En otras palabras, la guerra informativa también nos alcanza.
La circulación global de contenidos engañosos puede alimentar percepciones distorsionadas, polarizar debates públicos e incluso influir en decisiones políticas. No es casual que diversos analistas hablen hoy de una “niebla informativa” que acompaña a los conflictos armados contemporáneos. Lo preocupante es que esta niebla no surge únicamente del caos de la guerra, también es producto de estrategias deliberadas para influir en la opinión pública.
La propaganda siempre ha sido parte de los conflictos. Sin embargo, la diferencia actual es tecnológica. Las herramientas digitales permiten producir, replicar y amplificar narrativas falsas a una escala sin precedentes. Lo que antes requería complejas operaciones de propaganda estatal hoy puede realizarse con relativa facilidad mediante software accesible y redes de cuentas automatizadas.
Par este problema no existe una solución simple, pero sí es posible una responsabilidad compartida. Los medios deben fortalecer los procesos de verificación, las plataformas tecnológicas deben asumir su papel en la difusión de información y los ciudadanos debemos desarrollar una actitud más crítica frente a lo que vemos en nuestras pantallas porque en esta nueva etapa de la historia, la guerra no solo destruye infraestructuras o vidas humanas; también puede erosionar la confianza en la verdad.
Cuando la verdad se vuelve incierta, la posverdad encuentra el terreno perfecto para expandirse. En ese escenario, el riesgo no es únicamente creer una mentira viral, sino terminar viviendo en un mundo donde distinguir entre realidad y simulación se vuelve cada vez más difícil.
Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Ajedrez Político SLP.
JAIME CONTRERAS HUERTA
Maestro en Historia por el colegio de San Luis A.C. y Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.