La historia en las monedas

Las premonedas: El oro como forma de dinero

Por Emonedin

Hay objetos que nos miran desde las vitrinas de los museos con la arrogancia silenciosa de quien sabe un secreto. El Torques de El Viso, una vara de oro macizo hallada en Córdoba y fabricada entre el 1700 y el 1500 a. C., es uno de ellos. No es una moneda. No lleva el rostro de un emperador ni el sello de un banco. Sin embargo, pesa 114 gramos de una historia que no termina de contarse. Cuando uno lo observa, doblado en forma de U, no puede evitar preguntarse: ¿qué fue esto realmente? Los arqueólogos sugieren que pudo ser un adorno, sí, pero también que en las sociedades premonetales, el oro tenía un valor que trasciende lo puramente económico: legitimaba a los líderes, sellaba pactos invisibles y actuaba como un mediador entre lo humano y lo divino .

La idea de que el dinero "siempre ha existido" es una trampa mental que nos tiende el presente. Hubo un tiempo en que el mundo funcionaba sin monedas, un mundo donde el trueque y el intercambio de favores regían las relaciones. Pero en ese mundo, el oro ya estaba presente. No como un precio, sino como una presencia. Aparecía de repente, como un destello en el lecho de un río, y los antiguos, al recogerlo, debieron sentir un escalofrío. No solo era bello; era incorruptible. Mientras el hierro se oxidaba y la madera se pudría, el oro permanecía inmutable, desafiando al tiempo. Esa cualidad, esa resistencia a la muerte, lo convirtió automáticamente en algo sobrenatural.

Viajemos por un momento a la necrópolis de Varna, en la costa búlgara del Mar Negro. Allí, en los años 70, se desenterró el oro trabajado más antiguo del mundo, datado en el 4.600 a. C. . No eran monedas, sino ornamentos: brazaletes, diademas, cetros. Los difuntos de Varna fueron enterrados con estas piezas en un ritual que ya marcaba una jerarquía. El oro, desde su génesis en la orfebrería, no servía para comprar una vasija de barro, sino para comprar la inmortalidad, para asegurar un estatus en el más allá. El misterio de Varna radica en esa aparición súbita: ¿por qué el hombre, apenas dominó el metal, decidió que este debía acompañarlo en la muerte? La respuesta es tan sencilla como inquietante: porque en él veían un reflejo del sol, y el sol, cada noche, también moría para renacer.

Avancemos unos milenios y crucemos el Atlántico. Cuando los conquistadores españoles preguntaron a los pueblos indígenas de Mesoamérica de dónde obtenían el oro, la respuesta debió helarles la sangre o, al menos, confundir su codicia. Los aztecas llamaban al oro Teocuitlatl, que se traduce como "excremento de los dioses" . Lejos de ser una ofensa, esta palabra encerraba una cosmovisión compleja: el oro era un desecho, sí, pero de los seres supremos. Lo que para los dioses era residual, para los hombres era sagrado. Los incas, por su parte, creían que era el "sudor del sol" . El sol (Inti) lloraba o sudaba, y de su esfuerzo cósmico nacían estos yacimientos. En la América precolombina, el oro no funcionaba como moneda de cambio; no había "precio" en las cosas. Sin embargo, era el motor de redes de intercambio panregionales, desde Panamá hasta Colombia, donde los orfebres del Gran Darién o la cultura Coclé crearon piezas que narraban la transformación chamánica de los caciques.

Aquí reside el enigma que esta columna quiere desentrañar: el oro fue una premoneda no porque valiera mucho, sino porque significaba mucho. La moneda, tal y como la conocemos hoy, es un invento relativamente reciente y terriblemente práctico que surge en el siglo VII a. C. en Lidia (la actual Turquía) . Antes de que Creso acuñara la primera moneda de oro puro, el metal ya circulaba, pero lo hacía en otra dimensión. Circulaba en forma de brazaletes en el depósito de Villena , en forma de anillos y lingotes ponderados en la Grecia arcaica, o en forma de puntas de flecha para los escitas, esos enigmáticos jinetes de las estepas .

Las llamadas "premonedas" —como los delfines de Olbia o las ruedas de los helvecios— son fascinantes porque muestran la transición, el momento exacto en que el objeto deja de ser útil para la guerra o la belleza y se convierte en un mero vehículo del valor abstracto . Pero en esa transición, el oro nunca perdió del todo su aura. Incluso cuando los romanos lo convirtieron en el áureo, la pieza más dura del Imperio, el metal recordaba su origen divino. La palabra aurum comparte raíz con aurora, el brillo del amanecer .

Hoy, en pleno siglo XXI, seguimos atrapados en esa ambivalencia. El oro ya no circula de mano en mano en la economía cotidiana desde que Richard Nixon dinamitó el patrón oro en 1971, liberando al dólar de su yugo metálico . Sin embargo, los bancos centrales acumulan toneladas de lingotes en cámaras acorazadas. Inversores corren a comprarlo cuando el miedo sacude los mercados. ¿Por qué? Porque, en el fondo, el subconsciente colectivo recuerda que el "excremento de los dioses" no miente. No se oxida, no se corrompe, no desaparece. En un mundo de dinero digital y criptomonedas volátiles, el oro físico mantiene ese viejo misterio de la permanencia.

Sostener un torque de la Edad de Bronce es sostener el primer intento de la humanidad por detener el tiempo. En esas sociedades premonetales, entregar un brazalete de oro no era "pagar"; era entrelazar destinos. Era decir: "toma esta luz, que es como mi palabra: eterna". Acabamos convirtiendo esa luz en moneda, y la moneda en papel, y el papel en bits. Pero cada vez que el sistema tiembla, volvemos la vista al metal amarillo. No solo por codicia. Quizá, sin saberlo, lo hacemos porque aún esperamos encontrar en él un reflejo de ese sol que nuestros antepasados juraron ver brillar en las manos de sus muertos.

El oro, ese objeto brillante y pesado, sigue siendo la memoria física de nuestro largo diálogo con la eternidad. Mientras exista, el misterio de por qué lo deseamos tanto seguirá siendo la pregunta que define a la civilización.

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Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Ajedrez Político SLP.

Es Ingeniero Químico egresado de la BUAP. Comenzó como Ingeniero de Calidad y Validación trabajando para Pfizer-Capsugel en el estado de Puebla para después emigrar a Canadá en donde trabaja como especialista en alimentación desde hace ya 20 años. Actualmente estudia en la UPAEP la carrera de Filosofía y escribe para Ajedrez Político SLP.

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