MERLÍN, EL PATO QUE LE GANÓ A LA FIFA
Por Edgardo Pérez Alvelais
«Lo»
Fulano
Merlín, el pato que le ganó a la FIFA
Por momentos, los grandes acontecimientos terminan siendo explicados por personajes que nadie planeó. Eso parece estar ocurriendo con Merlín, un pato doméstico de apenas dos años que, en cuestión de días, pasó de caminar por las calles de la Ciudad de México junto a una familia de comerciantes ambulantes a convertirse en el símbolo más espontáneo, popular e inesperado del Mundial de Futbol 2026.
Mientras la FIFA invirtió millones de dólares en campañas de mercadotecnia, mascotas oficiales, activaciones comerciales y estrategias de posicionamiento global, fue un ave con una diminuta camiseta verde de la Selección Mexicana la que terminó capturando la atención de millones de personas dentro y fuera del país.
La historia comenzó en el corazón de la capital mexicana. Merlín pertenece a Carla Gómez y a su hijo Cristian, quienes desde hace tiempo acostumbran pasearlo por distintas zonas del Centro Histórico. Sin embargo, todo cambió cuando fue grabado caminando por Paseo de la Reforma vestido con una playera del Tri y pequeños protectores en sus patas. Las imágenes explotaron en redes sociales.
Lo que inicialmente parecía una simple curiosidad terminó convirtiéndose en uno de los fenómenos virales más importantes del Mundial. Tras la victoria de México sobre Sudáfrica el pasado 11 de junio, los videos del pato aparecieron en miles de publicaciones, generaron millones de reproducciones y comenzaron a circular en medios internacionales. Reuters, Associated Press y diversos medios extranjeros documentaron el fenómeno que ya era imposible ignorar.
La explicación de su éxito parece sencilla, pero en realidad refleja algo más profundo. Merlín no fue diseñado por un departamento de marketing. No nació de una campaña institucional. No responde a estudios de mercado. No forma parte de una estrategia comercial. Simplemente apareció. Y precisamente por eso conectó. En una época saturada de contenidos artificiales, personajes fabricados y tendencias diseñadas en oficinas corporativas, Merlín representa lo contrario: autenticidad.
La propia FIFA terminó reconociendo la magnitud del fenómeno al incorporarlo simbólicamente como embajador de actividades mundialistas en México y darle participación en eventos oficiales del torneo. Su popularidad creció aún más cuando comenzó a ser comparado con Paul, el famoso pulpo que se volvió celebridad durante el Mundial de Sudáfrica 2010 por sus supuestas predicciones deportivas.
Merlín también hizo lo suyo. Antes del partido entre México y Corea del Sur, eligió con su pico la bandera mexicana frente a la surcoreana. Cuando el Tri ganó, la leyenda quedó servida y el pato adquirió una nueva categoría: la de oráculo futbolero. El fenómeno alcanzó tal magnitud que incluso llegó a Palacio Nacional.
La presidenta Claudia Sheinbaum anunció públicamente que invitará a Carla Gómez y a Merlín a una de sus conferencias matutinas. La mandataria afirmó que el pato representa “un símbolo pequeñito de nuestra cultura” y sostuvo que su historia refleja rasgos característicos de la sociedad mexicana, como la creatividad, la espontaneidad y la capacidad de generar identidad colectiva a partir de elementos aparentemente simples.
Y quizá ahí radica el verdadero significado de Merlín. No se trata solamente de un pato. Se trata de una historia profundamente mexicana. Una familia trabajadora. Una mascota querida. Una camiseta de la Selección. Una caminata por Reforma. Un video grabado con un teléfono celular. Y millones de personas apropiándose de esa historia hasta convertirla en un símbolo nacional.
Las grandes marcas pagan fortunas para lograr algo parecido. Merlín lo consiguió gratis. Sin embargo, no todo ha sido celebración. El crecimiento de su fama también abrió un debate legítimo sobre el bienestar animal. Organizaciones defensoras de los animales y numerosos usuarios en redes sociales han advertido que la exposición constante a multitudes, el ruido de eventos masivos, el uso de prendas y el manejo frecuente pueden generar estrés en un animal de estas características. El cuestionamiento es pertinente: ¿hasta dónde puede llegar la fama de una mascota sin afectar su bienestar?
La pregunta sigue abierta. Lo que ya parece indiscutible es que Merlín logró algo extraordinario. En un Mundial compartido entre tres países, rodeado de gigantescas campañas publicitarias y de una maquinaria global valorada en miles de millones de dólares, un pato doméstico terminó convirtiéndose en uno de los rostros más reconocibles del torneo. Quizá porque el futbol, como la vida, sigue reservando espacio para lo inesperado. Y porque a veces los símbolos más poderosos no nacen en las oficinas de la FIFA. Nacen caminando por la banqueta.
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¡Hasta el próximo lunes!
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