El Alfil Negro

EL HOMBRE DE BRONCE

Por Ramón Ortiz Aguirre

«Semper honos nomenque tuum laudesque manebunt»

(Tu honor, tu nombre y tu gloria perdurarán eternamente)

Virgilio

En nuestra ciudad existe un hombre de bronce que no duerme ni descansa; permanece impasible dominando con su visita la extensión del valle de San Luis Potosí y tiene la apariencia de estar siempre callado. No sé si por rabia o impotencia.

Todas las mañanas este hombre ve nacer el sol como una inmensa moneda recién salida de la fragua: roja, grande, esplendorosa. El potente brillo de la luz solar no cierra sus ojos, por el contrario, consigue que se abran mucho más. Pareciera que desea llenarse de la semidesértica imagen del valle. Entonces, la potente voz de su memoria grita:

Mira el paisaje: Inmensidad abajo,

Inmensidad, Inmensidad arriba;

en el hondo perfil la sierra altiva

al pie minada por horrendo tajo.

Se obliga a callar y piensa cómo escribir y cantar su idilio salvaje al desierto, ¡cuando sobre las torres de las iglesias se extiende la capa insondable de la contaminación! Acaso se pregunta, por qué los potosinos han destrozado así su calidad de vida y ahora más bien viven agobiados por el aire irrespirable. Busa entre su arsenal de versos otros tantos:

En un cielo de plomo el sol ya muerto,

y en nuestros desgarrados corazones

¡El desierto, el desierto... El desierto!

Ese hombre de bronce nació en esta tierra. Aquí estudió y aquí creció. Aquí un día se casó y de aquí salió para recorrer la geografía de la patria chica y luego los caminos de México. Su talento lo llevó a entender que en la amplia riqueza del norte del país se extendía la belleza del verde campo y los profundos bosques, en sintonía con la soledad del desierto y hasta la espuma del mar. Hoy, desde su observatorio, es testigo mudo de nuestro empecinamiento por destruir todos los regalos de la naturaleza

Al hombre de bronce lo he visto llorar lágrimas de coraje y de impotencia por la rápida destrucción que acometimos de nuestros recursos y espacios. Lo he visto rabiar por la falta de amor a todo lo que nos rodea, y le he escuchado latir como un recuerdo:

Oigo pasar bajo las frescas chacas,

que del sol templan los ardientes rayos,

en bandadas, los verdes guacamayos,

dispersas y en desorden urracas.

Foto de Alexandro Roque

Sin embargo, como todo poeta, es optimista y el hombre de bronce a veces sonríe. Sucede cuando anochece y le nace la esperanza de su gente, de la gente del valle de San Luis. Es de esta manera que Manuel José Othón vuelve a la vida de entre el bronce que lo moldeó porque está seguro de que pronto, algún día porque todavía estamos a tiempo, podrá ver nuevamente desde su pedestal las torres limpias de la catedral y al fondo el desierto que se extiende.

Para que eso suceda, sin embargo, hay que esperar lo más difícil de todo: que las autoridades estatales y municipales se pongan por fin de acuerdo para luchar conjuntamente por un mejor San Luis. Cómo es posible que estén permitiendo la lenta pero segura muerte del Parque de Morales, y de la presa de San José. ¿Por qué no hay un plan para mejorar la calidad del aire? ¿Por qué tan olvidados los bienes naturales que son el patrimonio de todos nosotros? No queremos quedarnos solamente con los versos del dolor.

A fuerza de pensar en tus historias

y sentir con tu propio sentimiento,

han venido a agolparse al pensamiento

rancios recuerdos de perdidas glorias.

-Manuel José Othón, “Idilio Salvaje”.

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Ajedrez Político SLP.

RAMÓN ORTIZ AGUIRRE

ramon.ortiz.aguirre@gmail.com

Originario del Centro Histórico de San Luis Potosí, Profesor Investigador de la Facultad de Ingeniería de la UASLP y Jefe de la División de Difusión Cultural de la misma institución, actualmente jubilado. Especialista en agua y medio ambiente.

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