ANDREA BOCELLI ESTREMECIÓ EL ZÓCALO; CONQUISTÓ EL OMBLIGO DE LA LUNA CON MEZCLA DE ÓPERA, CUMBIA Y POP
Transformado en una inmensa sala de concierto al aire libre, en el Zócalo convergieron la ópera, el canto académico y el desparpajo gozoso de la cumbia. Andrea Bocelli estremeció y conquistó anoche el corazón de la Ciudad de México en una histórica presentación patrocinada por Banco Plata y que formó parte del tributo a Romanza con el que el tenor italiano celebra tres décadas de la aparición de ese álbum que lo consagró a la fama mundial.
Desde que se anunció su presentación, en el ambiente se sabía que se trataba de un evento sumamente especial del tenor italiano por el aniversario de dicho álbum que contiene éxitos como ‘Macchine da guerra’ y ‘La luna che non c’è’.
Hubo un singular e inusual entrecruce de geografías, generaciones y músicas: desde la ópera de la Toscana italiana, la cumbia de Iztapalapa para el mundo con Los Ángeles Azules y el pop de la tapatía Ximena Sariñana que en conjunto hicieron vibrar a la plaza pública más grande de América Latina con la magistral intervención de la Orquesta Sinfónica de Minería.
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Según datos del Gobierno de la Ciudad de México, 130 mil personas se dieron cita para ser testigos de ese prodigio musical. Otros millones lo pudieron gozar vía streaming. Estuvieron presentes la jefa de Gobierno, Clara Brugada, y Beatriz Gutiérrez Müller, esposa de AMLO, que reapareció en este mítico sitio de las luchas de la izquierda en México.
Las acciones comenzaron con la proyección en las tres pantallas del escenario de un recuento de las óperas que ha interpretado el tenor italiano desde 1994: Tosca, Werther, Carmen y Madama Butterfly. El cantante apareció de entre las penumbras vistiendo un elegante saco azul celeste y lo demás en negro, entre el delirio de una multitud emocionada que le habría de celebrar todas sus intervenciones durante cerca de hora y media.
Bocelli cerró el histórico concierto con "Nessun dorma" ("Que nadie duerma"), una de las arias para tenor más famosas de la historia que pertenece al acto final de la Ópera Turandot, compuesta por Giacomo Puccini estrenada póstumamente en 1926.
La primera aria puso a prueba el portento de su voz. Al concluir con un prolongado "do de pecho" que resonó estruendoso y conmovedor, una ovación igual de conmovedora se hiló entre el público con la que provocaron las primeras notas de La donna è mobile.
Acompañado por orquesta y bailarines de ballet, el programa trajo consigo lo más conocido y llegador del repertorio operístico universal: Carmen y su embrujo gitano, el drama de La Traviata y de Los pescadores de Perlas.
El O fortuna de Carmina Burana, siempre espectacular en cualquier escenario, en el Zócalo adquirió una dimensión superlativa, imponente, sobrecogedora, con el virtuosismo de la orquesta sinfónica y del coro. El público permaneció estupefacto y embelesado, hipnotizado ante tanta belleza y potencia sonora de voces entrecruzadas de eclécticos orígenes.
El hechizo de la música marcó la pauta. El imponente escenario se transformó en una antigua sala doméstica donde un viejo televisor proyectó varias de las presentaciones de Bocelli en la pantalla chica, un emotivo álbum íntimo que hizo un recorrido por su carrera, acompañado de forma instrumental por Vivo por ella y Con te partirò que fue un punto de quiebre para dar paso a la canción fina, comenzando con Caruso del grandioso e inolvidable Lucio Dalla. Bocelli ya había cambiado el saco azul por uno oscuro con brillos, sin perder la elegancia.
En el Zócalo no se vivía la efusividad de un concierto de Shakira, Los Fabulosos Cadillacs o el grupo Firme. No en ímpetu: fue una emoción más contenida o reservada. Algo más sentido y reflexivo, íntimo.
Hasta que, luego de una hora, esa marea humana aulló y comenzó a vibrar. Llegó el baile con Los Ángeles Azules, con la pegadora Mis sentimientos, en voz de Ximena Sariñana. Todos con las manos arriba. “¡De Iztapalapa para el mundo, chingaos!”. Y un “¡Viva México!” a todo pulmón arrancó otro grito enardecido entre la multitud. El lugar se transformó en una pista callejera de baile.
Al concluir, Bocelli dio cuenta de sus dotes de multinstrumentista al tocar la flauta traversa mientras Sariñana cantaba el clásico de Louis Armstrong What a Wonderful World. Y de súbito, el cielo del corazón de la otrora gran Tenochtitlan se incendió y encendió de colores con fuegos artificiales, serpentinas y confeti, haciendo del lugar un delirio de dicha.
Con el gozo y el espíritu festivo en todo lo alto, Bocelli se despidió tras casi media hora de actuación, pero el público lo aclamó y le reclamó otra. No se hizo del rogar y regresó de inmediato para entonar el que acaso es su himno: Con te partirò, entre la aclamación generalizada y extasiada.
El tenor italiano partía del escenario, pero el público nuevalemete no lo dejó y regresó para complacer con un final encore (una vez más o de nuevo), del mundo con "Nessun dorma", la ópera que Luciano Pavarotti hizo inmortal, para culminar ante el estallido generalizado de felicidad del público profundamente conmovido. Los fuegos artificiales cerraron la gran velada coloreando el cielo de la antigua Tenochtitlán, capital del Imperio Mexica (1325-1521), el ombligo de la Luna.